30.9.10

LA VEREDA DE ENFRENTE

Un librito RECIÉN salido del horno, se los presento a continuación. Es un libro de cuentos, pero todos se relacionan, ya que son diversas historias que le sucede al mismo protagonista, en su vida, simples pero muy entretenidos.




El cuento por el cual lleva este nombre el libro:


LA VEREDA DE ENFRENTE



Salgo de la Facultad y no puedo cruzar la calle. Un río de autos, camiones y colectivos emana incesante. Deseo ardientemente encontrarme del otro lado. Allí me sentiría mucho más a gusto. Camino. Cruzo calles y calles. Es increíble: los autos brotan sin cesar. Me encuentro con diferentes personas en idéntica situación. En la esquina veo una anciana que me pide ayuda. “Imposible”, le digo, “¿no ve que el tránsito no se corta nunca?” La triste figura de la viejita se esfuma en el horizonte mientras me alejo. Corro desesperado. Quizás en algún punto logre atravesar la calle. Lo peor es que ningún motor se apaga. Cuando le pregunto a un kiosquero qué es lo que pasa, me contesta que a un endemoniado se le antojó dejarlos en libertad. No conforme con esta explicación continúo mi camino. Noto que me siguen otras personas buscando alguna salida. Pienso en mi familia. Ojalá no se preocupen si es que no llego a cenar esta noche. Celular, no uso y monedas para llamar por teléfono tampoco tengo. Pedir prestado no es mi estilo, ni aun en situaciones de urgencia.

Alguien, trepado en un faro de luz, está tratando de alcanzar un pasacalles para usarlo como liana y, de esa manera, llegar hasta el otro lado. Falla en su cálculo. La tropilla de autos salvajes lo pisotea. Huyo.

Ingeniosa idea la de una chica joven que está caminando sobre el capot de los autos. Casi ha llegado. Pero no. Un enorme camión se abalanza sobre ella y se la traga.

Se hizo ya de noche. Los vehículos encendieron sus luces. Pensé que, con la llegada de la oscuridad, se irían a dormir; pero siguen ahí, expectantes, manando incansablemente.

Otra que debe de estar preocupada es mi novia. Cuando le cuente lo que me pasó, no va a poder creerlo. Como casi siempre pasa, nunca me cree.

A la luz de la luna me encuentro con un grupo de gente. Observa las alternativas de un magnífico equilibrista que se desliza sobre un cable. El río de carrocerías fluye bajo sus pies. Uno de los autos se sacrifica por el resto y va a estrellarse contra el palo de luz, tan necesario para nuestro acróbata. Entonces cae pesadamente sobre la red de autos que lo acoge en su seno. Sigo corriendo. No me interesa dar vuelta a la esquina e irme por cualquier calle. Quiero llegar al otro lado.

Como cada día avanzo una cuadra, no pierdo la esperanza de encontrar algún vado. Deseo que mi familia no se preocupe por mi ausencia. Hice cuanto fue posible por volver. Maldita ciudad, siempre quise vivir en el campo. Cuando estoy aburrido, hago sapitos en los techos de los autos. Los que nos quedamos en esta orilla de acá, estamos esperando ansiosos a que nos aprueben la construcción de un puente. Aunque, para ser sincero, ya me acostumbré a vivir en esta vereda. Mi vereda.



Máximo Romero.

1 comentario:

  1. Luu, te has puesto literaria. Gracias por el cuento. Un abrazo.

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